Mi línea de opinión es liberal y abierta, comprometida con expresar ideas con honradez y convicción. He colaborado en espacios como Revista Crónica, El Quetzalteco, Siglo XXI y La Voz de Xela. Actualmente escribo de forma independiente, con total libertad, lejos de tartamudos mentales o aduladores de turno. Me dirijo a quienes realmente valoran la lectura honesta, directa y sin filtros.
sábado, 4 de abril de 2026
Domingo: resucita el ruido, muere la coherencia
Cada año pasa lo mismo. Calles cerradas, alfombras perfectas que duran menos que una promesa política, incienso, marchas fúnebres y multitudes que caminan con una devoción que impresiona… al menos por fuera. Porque por dentro, otra historia.
Es mi primera vez viendo esta época con otros ojos, y lo que más me sorprende no es la fe, sino la cantidad de contradicciones que logra reunir. La Semana Santa en Guatemala no solo junta creyentes… también junta hipócritas con una eficiencia admirable. Y no lo digo como ataque, lo digo como diagnóstico.
El Viernes Santo es majestuoso, imponente, casi cinematográfico. Se celebra la muerte con una pasión que eriza la piel. Todo el mundo serio, solemne, respetuoso. Pero llega el Domingo de Resurrección… y lo que realmente resucita es el desorden, el tráfico, el ruido, el clásico “cerotal” chapín de que ya se acabó el descanso y volvemos al caos. La alegría debería ser el centro, pero parece más un trámite.
Es curioso: la muerte pesa más que la resurrección. El dolor se honra más que la esperanza. Y tal vez ahí empieza el problema.
Porque si algo queda claro es que muchos participan, pero pocos reflexionan. Caminamos kilómetros detrás de una anda, pero no damos ni un paso hacia cambiar lo básico. Nos llenamos de símbolos, pero seguimos vacíos de acciones.
Al final, muchos ganan: ventas, turismo, likes, fotos bonitas. Otros pierden: paciencia, tiempo, sentido. Y en el fondo, todos regresamos igual o peor.
Porque seamos honestos: no creo que salgamos de Semana Santa siendo mejores personas. Creo que salimos siendo un poquito más lo que ya éramos. Y en muchos casos… más mierdas, pero con incienso encima.
Nos toca volver a la realidad de Guatemala, esa que no cambia con procesiones ni con marchas fúnebres bien ensayadas. Una realidad que va de mal en peor mientras seguimos creyendo que cargar una cruz una vez al año compensa todo lo demás.
La Biblia adorna salas, mesas de noche y perfiles de redes sociales, pero no se traduce en acciones básicas: no robar, no joder, no aprovecharse del otro. El problema no es la falta de fe, es la falta de coherencia.
Porque ser devoto no es desfilar, es actuar. No es vestirse de morado, es comportarse con valores. No es llorar un viernes, es vivir diferente el resto del año.
Y ahí es donde fallamos.
Seguimos teniendo vecinos que son una porquería, gente que te sonríe en la procesión pero te clava el cuchillo en cualquier negocio, en cualquier trato, en cualquier oportunidad. Porque aquí la religión muchas veces es evento, no transformación.
Semana Santa debería ser un espejo, no un espectáculo. Pero preferimos verla como show, porque el show no exige cambios.
Y así, entre alfombras, incienso y rezos, pasa otra Semana Santa más… bonita, intensa, impresionante… e inútil.
P.D. Tal vez la verdadera resurrección que necesitamos no es la de una historia que repetimos cada año, sino la de nuestra propia coherencia. Porque mientras sigamos celebrando valores que no practicamos, no importa cuántas procesiones hagamos… vamos a seguir exactamente donde estamos.
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