lunes, 26 de enero de 2026

Cuando la normalidad se rompe

La resistencia no siempre empieza con marchas ni discursos. A veces comienza en silencio, en ese instante incómodo donde la gente deja de fingir que todo es normal. Cuando uno va caminando por la calle y se topa con la postal perfecta del cinismo: un exmandatario paseando como celebridad venida a menos, rodeado de guardaespaldas pagados por el Estado, movilizándose en vehículos del Estado, viviendo —directa o indirectamente— de los impuestos de la gente que apenas logra pagar el pasaje y la comida. Legal, dirán algunos. “Así lo establecen las normas”, repetirán los expertos en justificar privilegios. Pero no todo lo legal es moral, ni todo lo institucional es correcto. La ley, mal diseñada o mal aplicada, también puede ser cómplice de la burla. Lo verdaderamente indignante no es solo la protección o los beneficios. Es la actitud. Esa sensación de impunidad tranquila, de quien sabe que el sistema nunca le va a cobrar la factura real. Personajes que dejaron el país igual o peor de como lo encontraron, pero siguen caminando con aires de importancia, como si hubieran sido próceres y no simples administradores del saqueo elegante. Y mientras tanto, el discurso popular se contamina: “Si todos roban, ¿por qué yo no?”. Esa frase es más peligrosa que cualquier político corrupto, porque normaliza la podredumbre. Convierte la trampa en cultura, la viveza en virtud y la decencia en estupidez. Así se va pudriendo la base social, no solo la cúpula. También está la doble moral privada, esa que muchas veces acompaña al poder: figuras públicas que predican valores familiares mientras su vida personal es un desfile de contradicciones. No por chisme, sino por coherencia: quien no respeta lo básico en lo íntimo difícilmente respetará lo colectivo en lo público. El problema no es el escándalo, es la falta de integridad. Y en medio de todo, la ciudadanía atrapada entre el enojo y la costumbre. Porque sí, nos indignamos… pero seguimos. Pagamos impuestos que no se reflejan en servicios dignos. Aguantamos tráfico absurdo mientras agentes conversan en la sombra. Vemos proyectos inflados, soluciones a medias, ideas ruidosas y resultados pobres. Compararnos con países vecinos que avanzan en infraestructura y orden público no debería doler tanto, pero duele porque evidencia nuestra mediocridad administrativa. La resistencia real empieza cuando dejamos de aplaudir tonterías disfrazadas de progreso. Cuando dejamos de votar por caras conocidas solo por costumbre. Cuando entendemos que cada elección mal hecha es una factura que pagamos por años. Incluso en temas incómodos como la responsabilidad social. Traer hijos al mundo no es solo un acto privado: tiene impacto en educación, salud, recursos y futuro. Hablar de responsabilidad fiscal y social ligada a nuestras decisiones personales no es locura, es planificación. Pero aquí planificar es casi mala palabra; preferimos improvisar y luego quejarnos. Y pese a todo, seguimos sobreviviendo. Esa es la paradoja chapina: nos quejamos, nos indignamos, hacemos memes, criticamos al gobierno de turno y al anterior… pero al final nos adaptamos al caos. Aprendimos a vivir en la anomalía como si fuera clima tropical: incómodo, pero “normal”. El día que suficiente gente deje de aceptar esa falsa normalidad, algo va a cambiar. No por magia, no por un mesías político, sino por presión social constante, por memoria, por dignidad básica. La resistencia no siempre grita; a veces simplemente se niega a seguir aplaudiendo estupideces. Porque el verdadero problema no es solo que existan políticos incapaces. Es que como sociedad hemos tolerado demasiado tiempo elegirlos, justificarlos y luego resignarnos. Y así, entre cinismo oficial y resignación ciudadana, el país avanza… pero hacia ningún lado. P.D. Dicen que el guatemalteco se acostumbra a todo. Tal vez por eso sobrevivimos… aunque a veces sobrevivir aquí se sienta como deporte extremo sin medalla.

viernes, 23 de enero de 2026

El ciclismo y la economía que necesita enfermos...

“El ciclismo es la muerte lenta del planeta”. La frase cayó como una bomba en una sala llena de economistas. No porque atacara a la bicicleta, sino porque dejó al descubierto una verdad incómoda: el problema no es el ciclismo, es el modelo económico desde el cual lo observamos. Desde una lógica puramente financiera, el ciclista es un mal ciudadano. No compra automóvil, no solicita préstamos, no consume gasolina, no paga parqueos, no genera multas ni congestiona autopistas. Tampoco engorda con facilidad, no vive en la sala de espera de los hospitales ni depende constantemente de medicamentos. En términos fríos, “no gasta lo suficiente”. Bajo ese mismo prisma, una persona sana no es rentable. El sistema no mide bienestar, mide consumo. No premia la prevención, sino la corrección del daño. Cada problema de salud es una oportunidad de mercado. Cada enfermedad, una línea más en el Producto Interno Bruto. Por eso, un nuevo restaurante de comida rápida es celebrado como progreso. Genera empleos, activa cadenas de suministro, llena clínicas, vende tratamientos, dietas, suplementos y soluciones para males que antes no existían o no eran tan comunes. Todo suma. Todo cuenta como crecimiento. La paradoja es evidente: cuanto más enferma está la población, más “exitosa” parece la economía. En Guatemala 🇬🇹 esta contradicción se vive a diario. Ciudades diseñadas para carros y no para personas. Aceras inexistentes o rotas. Ciclovías escasas, desconectadas o simbólicas. Mientras tanto, aumentan los índices de obesidad, diabetes e hipertensión, incluso en edades cada vez más jóvenes. El gasto en salud crece, pero la calidad de vida no siempre acompaña. Al mismo tiempo, miles de guatemaltecos usan la bicicleta no por moda, sino por necesidad: para ir a trabajar, estudiar o transportar mercancía. Son invisibles para la planificación urbana, pero fundamentales para la economía real. Reducen tráfico, contaminación y costos públicos, aunque eso no siempre se refleje en las estadísticas que importan. Entonces, la pregunta no es si la bicicleta es mala para la economía. La verdadera pregunta es: ¿qué tipo de economía necesita que la gente se enferme para funcionar? Elegir entre una bicicleta o un McDonald’s no es una broma ni una exageración. Es un espejo. Uno refleja un modelo basado en la salud, la autonomía y la sostenibilidad. El otro, un sistema que convierte el deterioro en negocio. Tal vez el verdadero progreso no sea que la rueda del consumo nunca se detenga, sino que las personas puedan pedalear su vida con más libertad, menos deuda y mejor salud. Aunque eso no siempre haga felices a los indicadores económicos. ⸻
P.D. Si una economía no sobrevive cuando la gente está sana, quizá no necesita más clientes… sino una revisión profunda de sus valores. 🚲🇬🇹

lunes, 19 de enero de 2026

Un país anestesiado

Hay escenas que no deberían existir, y sin embargo se repiten con una normalidad que asusta. Un gatito abandonado dentro de una bolsa de dispensa, tirado en la acera como si fuera basura orgánica, como si su vida valiera menos que el plástico que lo envolvía. Y ahí está uno, sin ser héroe ni mártir, tratando de darle alivio, calor, un poco de dignidad a un ser vivo que fue descartado por alguien que seguramente sigue caminando por la calle, respirando, votando, opinando. Ese momento no es solo una anécdota triste. Es un síntoma. Un reflejo claro de la descomposición humana que estamos normalizando. Porque cuando alguien es capaz de abandonar así a un animal indefenso, el problema no es solo esa persona: es el ecosistema social que lo permite, lo justifica o simplemente mira hacia otro lado. Guatemala se ha vuelto experta en la indiferencia. Nos indigna un rato, hacemos un post, compartimos una historia, y seguimos. La empatía dura lo que dura el “scroll”. Mientras tanto, la violencia se recicla, la pobreza se hereda y la crueldad se vuelve paisaje. Y como si no fuera suficiente, el país carga con otro cáncer crónico: los mierdatarios burócratas, esos parásitos institucionales que viven de cualquier crisis. No importa si es inseguridad, hambre, abandono animal o estado de sitio: ellos siempre encuentran la forma de chupar presupuesto, protagonismo o poder. Son burros con sello oficial, sinvergüenzas con cargo, expertos en no resolver nada pero en desgastar a todos. El problema es más profundo que un mal gobierno. Es una sociedad donde muchos se dicen religiosos, pero no practican ni el mínimo de compasión que predican. Gente que sabe versículos, pero no sabe actuar. Chapines que no aportan, solo critican, desgastan y señalan, como si eso los eximiera de responsabilidad. La fe sin acciones es solo ruido, y aquí sobra ruido. Mientras tanto, vivimos bajo discursos de orden, seguridad y “mano dura”, pero seguimos tolerando la violencia cotidiana más básica: la del abandono, la del “no es mi problema”, la del “alguien más lo va a resolver”. Nos acostumbramos tanto al desastre que ya no nos sorprende. Eso es lo verdaderamente peligroso. ¿Soluciones chapinas? Sí existen, pero incomodan. – Educación emocional desde lo básico, no solo matemática y civismo de cartón. – Sanciones reales por maltrato animal, no solo indignación en redes. – Comunidades activas, no solo iglesias llenas los domingos. – Menos discurso moral y más acción concreta, aunque no dé likes. – Dejar de aplaudir al burócrata inútil solo porque “es conocido” o “es de los nuestros”. Ayudar a un animal abandonado no cambia el país, pero no hacerlo sí lo empeora. Cada acto de indiferencia suma a esta descomposición silenciosa. Cada vez que alguien decide involucrarse, aunque sea poco, le pone un freno —mínimo, pero real— a la podredumbre. Guatemala no está rota solo por la corrupción o la violencia. Está rota porque demasiadas personas dejaron de sentir. Y cuando un país deja de sentir, cualquier cosa se vuelve posible. Incluso meter la vida en una bolsa y tirarla a la acera. P.D. Pocos leen, pocos reflexionan y aún menos actúan. Así es nuestra sociedad: solo algunos logran salir de este estado, y casi siempre lo hacen solos… o mal acompañados.

domingo, 18 de enero de 2026

Entre el cusha y la civilización: una defensa chapina del trago (y de los libros)

En Guatemala nadie pregunta si se toma, sino qué se toma. Que si el cusha del tío en el interior, que si la gallo bien fría “solo una”, que si el ron para el frío de la noche, o el vino “porque ya somos gente fina”. El alcohol, nos guste o no admitirlo, está metido hasta en la conversación más seria… y en la más alegre también. Leyendo Borrachos de Edward Slingerland entendí algo que aquí intuimos desde siempre: el alcohol no es solo vicio ni pecado, también ha sido pegamento social. Ese algo que hace que el grupo se suelte, que el tímido hable, que el serio ría, que el primo callado termine contando historias que nadie pidió pero todos escuchan. En un país donde la confianza cuesta y el “ahí vemos” es deporte nacional, el trago ha funcionado como atajo social. No por nada los grandes acuerdos familiares, amistosos y hasta políticos han nacido entre mesas largas, botellas abiertas y promesas medio borrosas. Aquí no se negocia con café… se empieza con café, pero se cierra con algo más fuerte. El libro plantea que el alcohol ayudó a los humanos a trabajar juntos, a bajar la guardia, a cooperar. Y sinceramente, eso explica mucho de la vida chapina. Desde la cofradía del pueblo hasta la chamusca del domingo, desde la procesión hasta la fiesta patronal: beber juntos ha sido una forma de pertenecer. Eso sí, también vivimos la otra cara. Porque lo que antes era cerveza suave y fermentada, ahora es guaro de alto octanaje. Nuestro cuerpo evolucionó para el vinito ligero… no para el “otro va pues”. Y ahí está el problema: seguimos con cerebro antiguo en contexto moderno, con tiendas abiertas 24/7 y excusas infinitas para celebrar cualquier cosa (o para olvidar). Slingerland no dice “tomen más”, dice “entiendan por qué tomamos”. Y eso cambia la conversación. Nos obliga a ver el alcohol no solo como enemigo moral, sino como herramienta mal usada. Como machete: sirve para abrir camino o para cortarse feo. Pero lo más bonito del libro no es el alcohol. Es lo que provoca: ganas de pensar, de discutir, de entendernos mejor. Y ahí es donde entra la lectura. Porque leer también es un acto social, aunque parezca solitario. Leer te da palabras para explicar lo que en la mesa solo sabías sentir. Tal vez por eso necesitamos más libros y menos sermones. Más conversación y menos juicio. Más entender de dónde venimos para decidir mejor hacia dónde vamos. En fin, no se trata de glorificar la borrachera, sino de reconocer que, entre tragos y tropiezos, también se construyó la civilización… incluso la nuestra. Y si un libro logra que reflexiones sobre tu cultura mientras te ríes un poco de ella, entonces vale cada página. P.D. Leer este libro sobrio es buena idea. Leerlo con una cerveza es coherencia evolutiva. 🍺📚

viernes, 9 de enero de 2026

Resumen de mis artículos rumbo a 2026

Si algo queda claro en lo que he escrito —y vivido— es que llegar a 2026 no ha sido una línea recta ni un cuento de superación para colgar en la pared. Ha sido, más bien, una travesía cuesta arriba, con el cuerpo cansado, la cabeza llena de preguntas y el alma golpeada por una realidad que en Guatemala no da tregua. A pesar de que, dicho sin rodeos, me ha estado llevando la chingada, sigo de pie. No intacto, no ileso, pero de pie. Y eso, en este país, ya es un acto de resistencia. Mis textos nacen desde la observación incómoda: un país donde todo cuesta más que en otros lados —la comida, la salud, la educación, la dignidad— y donde, paradójicamente, todo se lo huevean los mismos de siempre. Representantes del Estado que deberían servir y terminan sirviéndose, funcionarios que hablan de futuro mientras le roban el presente a millones. Aquí, el esfuerzo se castiga y la trampa se premia. Y el que no juega sucio, sobrevive como puede. He escrito desde la memoria, desde el cansancio acumulado, desde la rabia que no se convierte en violencia sino en palabra. Porque escribir, en este contexto, no es romanticismo: es defensa personal. Es una forma de decir “esto está mal” cuando la normalización de lo absurdo pretende convencernos de que así son las cosas y punto. No, no son así porque deban serlo, sino porque demasiados se benefician de que no cambien. En mis artículos también hay duelo. Duelo por la infancia perdida de muchos niños guatemaltecos, porque cada vez me cuesta más creer que haya más niños felices que gente mala. Y no porque los niños no quieran ser felices, sino porque el entorno les roba esa posibilidad demasiado pronto. Crecen viendo injusticia, miedo, carencias, cinismo. Crecen rápido, crecen rotos, crecen resignados. Y eso es quizás uno de los fracasos más grandes de esta sociedad. Aun así, no escribo desde la rendición. Escribo desde la terquedad de seguir creyendo que hay pocos, sí, pero valiosos guatemaltecos que todavía intentan hacer lo correcto. Gente que no roba, que no aplasta, que no se aprovecha. Gente cansada, pero decente. Son minoría, y lo saben. Y quizá por eso caminan solos o mal acompañados, porque ir contra la corriente en Guatemala tiene un costo alto y pocas recompensas visibles. Mis textos no buscan likes fáciles ni consensos cómodos. Buscan incomodar, dejar una espina, provocar una pausa. Son el testimonio de alguien que no la ha tenido fácil, que no romantiza la pobreza ni la resiliencia forzada, pero que se niega a desaparecer en el silencio. Si algo une todo lo que he escrito rumbo a 2026 es esto: aunque el país duela, aunque el sistema falle, aunque el futuro parezca secuestrado, sigo aquí, con voz, con memoria y con la convicción de que callar sería el verdadero fracaso. Post Data: Sé que pocos leen. Siempre ha sido así. Esta sociedad premia el ruido, no la reflexión. Solo unos cuantos logran salir de este círculo, y casi siempre lo hacen solos… o mal acompañados. Pero aun así, escribir sigue valiendo la pena. Porque mientras alguien lea, mientras alguien piense, no todo está perdido.

Cuando la normalidad se rompe

La resistencia no siempre empieza con marchas ni discursos. A veces comienza en silencio, en ese instante incómodo donde la gente deja de f...