Mi línea de opinión es liberal y abierta, comprometida con expresar ideas con honradez y convicción. He colaborado en espacios como Revista Crónica, El Quetzalteco, Siglo XXI y La Voz de Xela. Actualmente escribo de forma independiente, con total libertad, lejos de tartamudos mentales o aduladores de turno. Me dirijo a quienes realmente valoran la lectura honesta, directa y sin filtros.
domingo, 18 de enero de 2026
Entre el cusha y la civilización: una defensa chapina del trago (y de los libros)
En Guatemala nadie pregunta si se toma, sino qué se toma. Que si el cusha del tío en el interior, que si la gallo bien fría “solo una”, que si el ron para el frío de la noche, o el vino “porque ya somos gente fina”. El alcohol, nos guste o no admitirlo, está metido hasta en la conversación más seria… y en la más alegre también.
Leyendo Borrachos de Edward Slingerland entendí algo que aquí intuimos desde siempre: el alcohol no es solo vicio ni pecado, también ha sido pegamento social. Ese algo que hace que el grupo se suelte, que el tímido hable, que el serio ría, que el primo callado termine contando historias que nadie pidió pero todos escuchan.
En un país donde la confianza cuesta y el “ahí vemos” es deporte nacional, el trago ha funcionado como atajo social. No por nada los grandes acuerdos familiares, amistosos y hasta políticos han nacido entre mesas largas, botellas abiertas y promesas medio borrosas. Aquí no se negocia con café… se empieza con café, pero se cierra con algo más fuerte.
El libro plantea que el alcohol ayudó a los humanos a trabajar juntos, a bajar la guardia, a cooperar. Y sinceramente, eso explica mucho de la vida chapina. Desde la cofradía del pueblo hasta la chamusca del domingo, desde la procesión hasta la fiesta patronal: beber juntos ha sido una forma de pertenecer.
Eso sí, también vivimos la otra cara. Porque lo que antes era cerveza suave y fermentada, ahora es guaro de alto octanaje. Nuestro cuerpo evolucionó para el vinito ligero… no para el “otro va pues”. Y ahí está el problema: seguimos con cerebro antiguo en contexto moderno, con tiendas abiertas 24/7 y excusas infinitas para celebrar cualquier cosa (o para olvidar).
Slingerland no dice “tomen más”, dice “entiendan por qué tomamos”. Y eso cambia la conversación. Nos obliga a ver el alcohol no solo como enemigo moral, sino como herramienta mal usada. Como machete: sirve para abrir camino o para cortarse feo.
Pero lo más bonito del libro no es el alcohol. Es lo que provoca: ganas de pensar, de discutir, de entendernos mejor. Y ahí es donde entra la lectura. Porque leer también es un acto social, aunque parezca solitario. Leer te da palabras para explicar lo que en la mesa solo sabías sentir.
Tal vez por eso necesitamos más libros y menos sermones. Más conversación y menos juicio. Más entender de dónde venimos para decidir mejor hacia dónde vamos.
En fin, no se trata de glorificar la borrachera, sino de reconocer que, entre tragos y tropiezos, también se construyó la civilización… incluso la nuestra.
Y si un libro logra que reflexiones sobre tu cultura mientras te ríes un poco de ella, entonces vale cada página.
P.D. Leer este libro sobrio es buena idea. Leerlo con una cerveza es coherencia evolutiva. 🍺📚
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