lunes, 19 de enero de 2026

Un país anestesiado

Hay escenas que no deberían existir, y sin embargo se repiten con una normalidad que asusta. Un gatito abandonado dentro de una bolsa de dispensa, tirado en la acera como si fuera basura orgánica, como si su vida valiera menos que el plástico que lo envolvía. Y ahí está uno, sin ser héroe ni mártir, tratando de darle alivio, calor, un poco de dignidad a un ser vivo que fue descartado por alguien que seguramente sigue caminando por la calle, respirando, votando, opinando. Ese momento no es solo una anécdota triste. Es un síntoma. Un reflejo claro de la descomposición humana que estamos normalizando. Porque cuando alguien es capaz de abandonar así a un animal indefenso, el problema no es solo esa persona: es el ecosistema social que lo permite, lo justifica o simplemente mira hacia otro lado. Guatemala se ha vuelto experta en la indiferencia. Nos indigna un rato, hacemos un post, compartimos una historia, y seguimos. La empatía dura lo que dura el “scroll”. Mientras tanto, la violencia se recicla, la pobreza se hereda y la crueldad se vuelve paisaje. Y como si no fuera suficiente, el país carga con otro cáncer crónico: los mierdatarios burócratas, esos parásitos institucionales que viven de cualquier crisis. No importa si es inseguridad, hambre, abandono animal o estado de sitio: ellos siempre encuentran la forma de chupar presupuesto, protagonismo o poder. Son burros con sello oficial, sinvergüenzas con cargo, expertos en no resolver nada pero en desgastar a todos. El problema es más profundo que un mal gobierno. Es una sociedad donde muchos se dicen religiosos, pero no practican ni el mínimo de compasión que predican. Gente que sabe versículos, pero no sabe actuar. Chapines que no aportan, solo critican, desgastan y señalan, como si eso los eximiera de responsabilidad. La fe sin acciones es solo ruido, y aquí sobra ruido. Mientras tanto, vivimos bajo discursos de orden, seguridad y “mano dura”, pero seguimos tolerando la violencia cotidiana más básica: la del abandono, la del “no es mi problema”, la del “alguien más lo va a resolver”. Nos acostumbramos tanto al desastre que ya no nos sorprende. Eso es lo verdaderamente peligroso. ¿Soluciones chapinas? Sí existen, pero incomodan. – Educación emocional desde lo básico, no solo matemática y civismo de cartón. – Sanciones reales por maltrato animal, no solo indignación en redes. – Comunidades activas, no solo iglesias llenas los domingos. – Menos discurso moral y más acción concreta, aunque no dé likes. – Dejar de aplaudir al burócrata inútil solo porque “es conocido” o “es de los nuestros”. Ayudar a un animal abandonado no cambia el país, pero no hacerlo sí lo empeora. Cada acto de indiferencia suma a esta descomposición silenciosa. Cada vez que alguien decide involucrarse, aunque sea poco, le pone un freno —mínimo, pero real— a la podredumbre. Guatemala no está rota solo por la corrupción o la violencia. Está rota porque demasiadas personas dejaron de sentir. Y cuando un país deja de sentir, cualquier cosa se vuelve posible. Incluso meter la vida en una bolsa y tirarla a la acera. P.D. Pocos leen, pocos reflexionan y aún menos actúan. Así es nuestra sociedad: solo algunos logran salir de este estado, y casi siempre lo hacen solos… o mal acompañados.

No hay comentarios:

Cuando la normalidad se rompe

La resistencia no siempre empieza con marchas ni discursos. A veces comienza en silencio, en ese instante incómodo donde la gente deja de f...