viernes, 9 de enero de 2026

Resumen de mis artículos rumbo a 2026

Si algo queda claro en lo que he escrito —y vivido— es que llegar a 2026 no ha sido una línea recta ni un cuento de superación para colgar en la pared. Ha sido, más bien, una travesía cuesta arriba, con el cuerpo cansado, la cabeza llena de preguntas y el alma golpeada por una realidad que en Guatemala no da tregua. A pesar de que, dicho sin rodeos, me ha estado llevando la chingada, sigo de pie. No intacto, no ileso, pero de pie. Y eso, en este país, ya es un acto de resistencia. Mis textos nacen desde la observación incómoda: un país donde todo cuesta más que en otros lados —la comida, la salud, la educación, la dignidad— y donde, paradójicamente, todo se lo huevean los mismos de siempre. Representantes del Estado que deberían servir y terminan sirviéndose, funcionarios que hablan de futuro mientras le roban el presente a millones. Aquí, el esfuerzo se castiga y la trampa se premia. Y el que no juega sucio, sobrevive como puede. He escrito desde la memoria, desde el cansancio acumulado, desde la rabia que no se convierte en violencia sino en palabra. Porque escribir, en este contexto, no es romanticismo: es defensa personal. Es una forma de decir “esto está mal” cuando la normalización de lo absurdo pretende convencernos de que así son las cosas y punto. No, no son así porque deban serlo, sino porque demasiados se benefician de que no cambien. En mis artículos también hay duelo. Duelo por la infancia perdida de muchos niños guatemaltecos, porque cada vez me cuesta más creer que haya más niños felices que gente mala. Y no porque los niños no quieran ser felices, sino porque el entorno les roba esa posibilidad demasiado pronto. Crecen viendo injusticia, miedo, carencias, cinismo. Crecen rápido, crecen rotos, crecen resignados. Y eso es quizás uno de los fracasos más grandes de esta sociedad. Aun así, no escribo desde la rendición. Escribo desde la terquedad de seguir creyendo que hay pocos, sí, pero valiosos guatemaltecos que todavía intentan hacer lo correcto. Gente que no roba, que no aplasta, que no se aprovecha. Gente cansada, pero decente. Son minoría, y lo saben. Y quizá por eso caminan solos o mal acompañados, porque ir contra la corriente en Guatemala tiene un costo alto y pocas recompensas visibles. Mis textos no buscan likes fáciles ni consensos cómodos. Buscan incomodar, dejar una espina, provocar una pausa. Son el testimonio de alguien que no la ha tenido fácil, que no romantiza la pobreza ni la resiliencia forzada, pero que se niega a desaparecer en el silencio. Si algo une todo lo que he escrito rumbo a 2026 es esto: aunque el país duela, aunque el sistema falle, aunque el futuro parezca secuestrado, sigo aquí, con voz, con memoria y con la convicción de que callar sería el verdadero fracaso. Post Data: Sé que pocos leen. Siempre ha sido así. Esta sociedad premia el ruido, no la reflexión. Solo unos cuantos logran salir de este círculo, y casi siempre lo hacen solos… o mal acompañados. Pero aun así, escribir sigue valiendo la pena. Porque mientras alguien lea, mientras alguien piense, no todo está perdido.

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